El Librero de Gutenberg

Me caen bien las personas que se alegran del progreso de otros y no le envidian nada a nadie.

El puesto de junto vendió todo antes del mediodía y a ti todavía te quedan seis cajas.

Ves cómo guardan las charolas vacías y reciben felicitaciones. Podrías decir que tuvieron mejor lugar, que bajaron demasiado el precio o que la suerte les resolvió la mañana. Cualquiera de esas frases aliviaría por un momento la punzada de mirar tus propias cajas.

La envidia no siempre llega como odio. A veces se disfraza de análisis y encuentra una falla en cada logro ajeno. Así evitamos admitir algo más vulnerable: queremos una parte de eso y todavía no sabemos cómo conseguirla.

Alegrarse no obliga a negar la comparación. Puedes felicitar a la vecina y después revisar tu receta, tu letrero o la hora en que llegaste. El progreso de otra persona puede doler un poco y aun así ofrecer información sin convertirse en una ofensa.

Antes de cerrar, compras la última pieza que le quedó para ella. Preguntas qué cambió esta semana. Tal vez regreses con una idea útil. Tal vez no. En ambos casos, sus charolas vacías no tuvieron que empequeñecerte.

Recibe las cartas

Si esta lectura te hizo compañía, puedo mandarte la siguiente.

Sigue por aquí

Dos ideas cercanas a esta conversación.