Cuando decimos que 'jamás' lo haríamos, también nos cerramos oportunidades y nos limitamos
Durante veinte años dijiste que jamás vivirías en un pueblo.
Y ahora, claro, el único trabajo que de verdad te interesa está en uno.
La oferta incluye dirigir un taller, una casa pequeña y menos sueldo. Antes de terminar de leerla ya escuchas tu propia voz en cenas antiguas:
"Yo no podría vivir lejos de la ciudad. JAMÁS."
Qué incómodo cuando una opinión vieja conserva tan buena memoria.
Un "jamás" puede proteger algo importante. Quizá dijiste que nunca volverías a prestar dinero sin un contrato, y muy bien por ti.
Otros nacieron cuando tenías necesidades distintas, conocías menos o querías parecer cierta persona frente a los demás.
Revisarlos no te vuelve hipócrita. Fingir que nada cambió para no contradecirte tampoco te vuelve coherente.
Así que no aceptas el trabajo. Todavía no.
Vas un fin de semana. Recorres el taller, preguntas por la clínica, calculas el gasto y pruebas cuánto tarda el camino.
Regresas con dudas concretas. Eso ya es mejor que una negativa grabada hace veinte años.
Tal vez termines diciendo que no.
Al menos será el no de hoy.