El cambio tiene que venir de dentro para ser auténtico
Te inscribes a clases de baile porque alguien dijo que así volvería a mirarte.
Durante un mes aprendes pasos frente al espejo y revisas el teléfono al salir. Cuando queda claro que esa persona no regresará, faltas dos jueves. El tercero, guardas los zapatos en el fondo del clóset junto con la versión de ti que debía recuperarla.
Muchos cambios empiezan por una presión externa. Un susto, una ruptura o una opinión pueden abrir la puerta. El problema aparece cuando toda la razón para continuar vive en otra persona. Si se va su mirada, también se queda sin testigo el esfuerzo.
Un sábado escuchas la música mientras limpias y tus pies recuerdan algo. No es esperanza de impresionar a nadie. Te gustaba contar el ritmo, equivocarte y volver a entrar. Esa parte pequeña basta para que el cambio deje de ser una solicitud ajena.
El jueves sacas los zapatos. No vuelves para demostrar que superaste nada. Vuelves porque durante una hora el cuerpo encuentra una alegría que ya te pertenece. A veces la autenticidad empieza cuando desaparece el público original.