Camina, no te estanques. La vida es fluir, es constante movimiento
La bicicleta sigue embalada tres meses después de la mudanza.
No conoces la ciudad y cada calle parece confirmar que dejaste atrás una vida más fácil. Sales solo para trabajar y comprar. La caja de la bicicleta ocupa el pasillo como una promesa que no te atreves a abrir.
Moverse no siempre significa una decisión grande. Cuando estamos detenidos por miedo o tristeza, una acción pequeña puede devolver información: qué hay a cuatro calles, dónde termina la ciclovía, qué lugar podría volverse familiar.
Tampoco hay que convertir el movimiento en fuga. Algunas pérdidas necesitan quietud y duelo. Caminar sirve cuando amplía el mundo, no cuando impide mirar lo que duele.
Armas la bicicleta y recorres diez minutos. Encuentras una panadería y regresas por la misma ruta. La ciudad no se vuelve hogar. Deja de ser completamente desconocida, que es una forma modesta de empezar a moverse.