El Librero de Gutenberg

Y ahora un poema para las mañanas: Café, café, café y más café. Café, un poco de café y más café. Todos cállense y guarden silencio. Café.

A las seis y media la casa ya tiene tres preguntas y la cafetera apenas termina de sonar.

Alguien busca una camisa, otro no encuentra las llaves y el perro quiere salir. Tú sostienes la taza como si fuera un documento oficial que concede cinco minutos de inmunidad doméstica.

El café no resuelve el cansancio ni sustituye el sueño. La broma funciona porque nombra una necesidad menos fotogénica: empezar despacio, sin responder de inmediato a todo lo que ya estaba esperando.

Los rituales cotidianos pueden ordenar una transición. Una taza, una ventana o una canción marcan la diferencia entre despertar y estar disponible. Para que funcionen, necesitan un límite sencillo que la familia pueda conocer.

Dices que responderás después del primer café y señalas el gancho de las llaves. La casa sobrevive cinco minutos. Cuando dejas la taza, las preguntas siguen allí y tú también, un poco más capaz de escucharlas.

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