El Librero de Gutenberg

A mí me gusta vestirme escuchando música, cocinar escuchando música, limpiar escuchando música. Todo, pero escuchando música.

El domingo tiene una montaña de ropa y una canción que empieza antes que la plancha.

Pones el teléfono sobre la repisa. La primera camisa sigue arrugada y el piso todavía necesita barrerse. Sin embargo, cuando llega el coro, el cuarto deja de parecer una lista de pendientes y se convierte durante tres minutos en un lugar donde también estás viviendo.

La música no vuelve ligero todo trabajo. Hay cansancios que ninguna canción arregla. Pero puede darle forma al tiempo, acompañar una repetición y crear un pequeño espacio propio dentro de tareas que volverán la semana siguiente.

También guarda épocas. Una lista de reproducción puede contener una mudanza, una cocina anterior o la voz de quien cantaba mal a nuestro lado. Escuchar mientras hacemos algo permite que el recuerdo se mueva con las manos en vez de quedarse sentado mirándonos.

Terminas la ropa cuando empieza otra canción. Ya no hace falta seguir, pero la dejas completa y barres el cuarto. El domingo no se volvió extraordinario. Tuvo ritmo, y a veces eso basta para que una obligación no ocupe toda la escena.

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