Aromas embriagadores: pan salido del horno, libro nuevo, café fresco y tierra mojada.
La lluvia toca el patio caliente y, de pronto, vuelves a tener nueve años.
No estabas pensando en aquella casa. Caminabas hacia la tienda con una bolsa vacía. Pero el olor de la tierra mojada abre la puerta, trae el triciclo junto al lavadero y la voz que te llamaba antes de que empezara a llover más fuerte.
El olfato guarda recuerdos sin pedirles una historia ordenada. Un pan puede devolver una cocina. Un libro nuevo, el primer día de clases. El café de cierta hora puede traer a una persona incluso cuando ya olvidamos la forma exacta de sus manos.
No todos los aromas son agradables ni todos los recuerdos merecen nostalgia. Algunos avisan peligro o devuelven una época difícil. También eso forma parte de su fuerza. El cuerpo reconoce lugares que la memoria había archivado sin palabras.
La lluvia disminuye. Sigues hacia la tienda, un poco acompañado por un patio que ya no existe. No hace falta convertirlo en lección. Durante una cuadra, el pasado tuvo olor y caminó a tu lado.