Quien es feliz, también busca hacer feliz a las personas a su alrededor
Te regalan dos entradas para el concierto y piensas primero en la vecina que escucha esa música desde su balcón.
Podrías vender la segunda o invitar a alguien que te deba un favor. En cambio, preguntas a la vecina si quiere acompañarte. Ella duda porque no puede pagarte y tú aclaras que la entrada ya existe, sin condición posterior.
La alegría compartida no exige convertirnos en responsables del ánimo ajeno. Nadie puede hacer feliz a todo el mundo. A veces consiste en permitir que algo bueno se extienda un asiento más, sin espectáculo ni cálculo de devolución.
También importa respetar un no. Ofrecer no da derecho a que la otra persona celebre de la manera esperada. La generosidad conserva su ligereza cuando puede recibirse sin deuda y rechazarse sin ofensa.
La vecina acepta y lleva dulces para el camino. Durante la canción que ambos conocen, canta demasiado fuerte. Tú también. La entrada no duplicó el concierto. Hizo que una alegría dejara de ocupar una sola silla.