El Librero de Gutenberg

La vida toma un matiz diferente cuando compartimos nuestras alegrías

Te aceptaron en el curso nocturno y ensayas la noticia antes de llamar a tu amiga.

Una parte de ti teme parecer presumido. Otra recuerda las veces que una buena noticia recibió comparación, consejo inmediato o una advertencia sobre todo lo que podía salir mal. Ser feliz en silencio parece más seguro.

Compartir la alegría nos vuelve vulnerables de una manera distinta. Entregamos algo frágil y esperamos que la otra persona no lo reduzca. Por eso importa elegir a quienes pueden celebrar sin convertir el momento en una medida de su propia vida.

La alegría compartida tampoco obliga a exagerar ni a fingir que desaparecieron las dudas. Puedes estar contento por entrar al curso y preocupado por los horarios. Una emoción no pierde autenticidad por convivir con otra.

Llamas. Tu amiga grita, pregunta cuándo empiezas y recuerda la tarde en que llenaron juntas la solicitud. Al colgar, el correo de aceptación sigue diciendo lo mismo. Ahora también pertenece a una conversación que podrás recordar cuando llegue la primera noche difícil.

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