El Librero de Gutenberg

Comprobado. Aunque... no estoy tan seguro si mis vecinos aprecian mis cantos en la ducha.

A las seis y veinte de la mañana cantas el coro completo mientras el agua de la regadera empieza a calentarse.

No cantas bien y eso forma parte del gusto. En el vapor nadie corrige el tono ni pide otra canción. Al salir encuentras una nota bajo la puerta. La vecina del 4B trabaja de noche y duerme a esa hora. No te llama ridículo. Solo pregunta si puedes bajar la voz antes de las ocho.

A veces defendemos una alegría pequeña como si cualquier límite intentara quitárnosla. Tal vez ocurre porque ya existen demasiadas opiniones sobre la edad, el talento y la forma correcta de pasarla bien. Cantar sin permiso interior es saludable. Vivir cerca de otros añade una pregunta diferente: qué parte del gusto sale de nuestro espacio y entra al descanso ajeno.

Considerarlo no convierte a la vecina en dueña de tu ducha. Ella tampoco podría exigir silencio todo el día ni tratar una voz ordinaria como una falta moral. Compartir paredes pide acuerdos proporcionados, no la desaparición de quien hace ruido ni el sacrificio automático de quien necesita dormir.

Dejas una respuesta agradeciendo el aviso. Los días laborales tarareas temprano y guardas el repertorio para la ducha de la tarde. El sábado cantas completo a las dos. Nadie aplaude y no hace falta. La canción sigue siendo tuya, solo dejó de presentarse sin invitación junto a la almohada del 4B.

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