El amor es bienvenido a cualquier edad
Dos personas viudas intercambian teléfonos al terminar una clase de baile y sus hijos hacen bromas sobre la edad.
Ella tiene setenta y dos. Él, setenta y cinco. Ninguno quiere llamar noviazgo a dos cafés y cuatro canciones, pero ambos notan que esperan el martes. En casa, una hija pregunta si de verdad hace falta complicarse la vida a estas alturas.
El amor no pertenece a una temporada breve de la juventud. La capacidad de interesarse, cuidar, desear compañía y empezar una intimidad no vence con una credencial. Lo que cambia con los años son el cuerpo, la historia, los tiempos y las responsabilidades que ese afecto necesita respetar.
Dar la bienvenida tampoco significa que toda persona deba buscar pareja ni que un vínculo nuevo sustituya a quien murió. Se puede amar una memoria y, al mismo tiempo, sentir curiosidad por alguien presente. También se puede preferir la soltería. La edad no convierte ninguna de esas decisiones en una explicación pendiente.
El martes llega un mensaje que no promete eternidad: pregunta si practicarán la vuelta antes de la clase. Ella responde que sí y guarda los zapatos en una bolsa. No están intentando volver a ser jóvenes. Están llegando, con todos sus años, a la siguiente canción.