La felicidad está en todas partes, en cualquier rincón, en cualquier pequeño detalle, pero nos pasa inadvertida la mayoría de las veces.

Crecí en un barrio humilde de una gran ciudad. Un barrio marinero de una ciudad que vivió durante mucho tiempo alejada del mar. En aquel momento no supe valorar lo que tenía, lo que estaba aprendiendo sobre la vida y sobre la felicidad. Como todo, es con los años y la madurez cuando descubres cuántas enseñanzas guardas en el corazón.

Mi hija está haciendo un trabajo sobre los “quarts de casa”, los pequeñísimos pisos que forman parte de la arquitectura de mi barrio, la Barceloneta. Cuando demográficamente creció sobremanera, cada casa se partió en cuatro para poder acoger a más familias de portuarios, pescadores y otros trabajadores que llegaban al barrio desde cualquier parte del país.

Gracias a ese trabajo, mi hija visitó uno de esos pequeños pisos y entrevistó a su dueña. No puedo evitar emocionarme, sobre todo cuando hablando con esa señora amiga de mi madre, que mantiene el piso tal cual era desde hace muchos años, le dijo: “yo no cambiaría nada de mi casa, sólo querría que volvieran los que ya no están”.

Qué gran lección, porque no pedía más metros, ni más lujos, ha sido feliz con lo que tenía y sólo echa de menos a las personas, no lo material. Y es que en mi barrio aprendimos a vivir con poco espacio y a disfrutar de la playa, del mar, de la calle, de los amigos, de la familia. La falta de espacio nos ha convertido en personas sociables y abiertas, que hemos hecho que los metros que nos faltaban en nuestro hogar se ampliaran a la calle y los compartiéramos con el resto de nuestros vecinos.

No puedo dejar de pensar que en esta era de las redes sociales e internet hemos perdido mucho el contacto vivo y directo con nuestro entorno. Pero todavía, muchas veces, establecemos ese contacto y de alguna forma todo lo que aprendimos lo reflejamos de forma virtual y lo digitalizamos también. Convertimos nuestros “timelines” en ventanas que dan al patio de vecinos, nos saludamos, comentamos el tiempo y también de algúna forma nos ayudamos a seguir adelante.

No sé estudiar en silencio, no me gustan las calles desiertas de las ciudades, no me gusta no conocer a mis vecinos, no me gusta acumular cosas porque no tenía espacio para ello, echo de menos ir por la calle saludando a todo el mundo… Y en parte, soy como soy, mejor o peor, porque crecí oliendo el mar y el salitre en una ciudad que vivió mucho tiempo de espaldas a nosotros.

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