Cuando nadie te pregunte cómo estás, pregúntate: "¿Cómo estoy?"
Termina la comida familiar, todos se van contentos y tú empiezas a lavar platos con una rabia que no sabes explicar.
Cocinaste desde temprano, serviste, buscaste una silla extra y escuchaste las noticias de cada persona. Nadie preguntó por tu semana. Mientras frotas una olla, decides que la próxima vez no harás nada por nadie. El cansancio ya está escribiendo conclusiones en tu nombre.
Preguntarnos cómo estamos no vuelve suficiente la ausencia de cuidado ajeno. Hay relaciones donde hace falta pedir reciprocidad y otras donde la falta repetida dice algo importante. La pregunta propia sirve primero para distinguir hambre, agotamiento, tristeza, enojo o deseo de compañía antes de tratarlos como una sola sentencia.
La respuesta puede pedir descanso, comida, una conversación o un límite. También puede mostrar que no sabemos todavía. Escucharse no significa resolver todo a solas. A veces es el paso que permite hacer una petición clara en vez de esperar que alguien descifre un malestar ya convertido en distancia.
Dejas cuatro platos para mañana, comes algo y llamas a tu hermana. Le dices que te dolió que nadie preguntara y que la próxima comida necesita ayuda desde el inicio. La soledad de la cocina no te dio todo el cuidado que faltaba. Te dio una frase precisa para empezar a buscarlo.