Mi problema es que nunca me logro quedar callada. Siempre tengo algo que contestar.
El mensaje llega a las once y treinta, justo cuando habías prometido dejar el teléfono.
Lees una frase que te parece injusta. Los dedos empiezan antes que la cabeza. Escribes tres párrafos, borras uno y añades una pregunta que no busca respuesta. El punto verde de la otra persona aparece mientras tú todavía estás corrigiendo la última línea.
Tener siempre algo que contestar puede parecer agilidad. A veces es miedo a que el silencio se confunda con derrota. Necesitamos dejar nuestra versión en la mesa antes de que la otra persona cierre la conversación y se lleve una idea equivocada de nosotros.
Pausar no significa aceptar. Significa elegir una hora en la que podamos distinguir el hecho del golpe al orgullo. Algunas respuestas seguirán siendo necesarias por la mañana. Otras revelarán que solo querían ganar el último turno de una discusión cansada.
Copias el texto en notas y apagas la pantalla. Mañana decidirás qué parte merece enviarse. Esta noche, por primera vez, no tener la última palabra también puede ser una respuesta.