El Librero de Gutenberg

A veces los silencios son despedidas sin aviso.

La llamada de los domingos se salta una semana, luego dos, y después nadie propone otra fecha.

No hubo discusión. Ambos estuvieron ocupados y cada uno esperaba que el otro llamara. Meses más tarde, el contacto sigue arriba en la lista de favoritos, pero ya no conoces el horario ni las preocupaciones nuevas de esa persona.

Los silencios pueden ser descanso, miedo o simple desorden. No conviene declarar una despedida ante cada demora. El patrón importa: intentos sin respuesta, conversaciones que nunca se reprograman y una cercanía sostenida solo por lo que fue.

Si la relación importa, una pregunta directa merece existir antes del funeral imaginario. '¿Quieres que sigamos buscando un momento para hablar?' permite una respuesta, incluso una incómoda. También evita años de interpretar una ausencia sin confirmación.

Envías el mensaje. La respuesta llega al día siguiente: la amistad cambió y ambos lo sabían. Duele. Al menos el silencio deja de hacer todo el trabajo de la despedida.

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