El Librero de Gutenberg

A veces queremos dividirnos en mil pedazos para tener a todos contentos. Esa es una lucha que no vamos a ganar

Tres ramas de la familia esperan que cenes con ellas la misma noche de diciembre.

Prometes llegar temprano a una casa, pasar por otra y terminar en la tercera. En el mapa parece posible. En la práctica, cada comida empezará tarde, conducirás con prisa y alguien medirá el cariño por los minutos que no recibió.

Querer complacer a todos puede nacer del afecto. También del miedo a soportar una decepción ajena. Cuando aceptamos compromisos incompatibles, no eliminamos esa decepción. Solo la posponemos y añadimos cansancio, retrasos y palabras dadas que no podían cumplirse.

Elegir no convierte a los demás en menos importantes. Puedes alternar años, proponer otra fecha o explicar dónde estarás sin inventar una emergencia. El límite es más respetuoso cuando llega antes de que todos preparen un lugar basado en una promesa imposible.

Decides cenar con tu madre y visitar a los demás durante el fin de semana. Una tía se ofende. No intentas convencerla de que no lo haga. La noche llega con una sola silla para ti y, por primera vez, puedes permanecer sentado hasta el postre.

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