A veces nos "casamos" con ideas o personas que jamás serán como las imaginamos
Cuando empezaste a salir con un músico, imaginaste viajes espontáneos y canciones naciendo en la sala los domingos.
Un año después, los sábados están ocupados por ensayos y cargar bocinas. Él llega cansado cuando tú querías salir. Cada fecha te parece una prueba de que cambió, aunque la banda ya existía cuando se conocieron. Te enamoraste de algo verdadero y completaste los espacios vacíos con una vida que nadie había prometido.
La imaginación participa en todo comienzo. Con pocos datos construye una casa alrededor de una persona, una idea o un empleo. Esa anticipación puede acercarnos. El conflicto aparece cuando tratamos el dibujo inicial como contrato y convertimos cada diferencia real en incumplimiento de una cláusula que solo nosotros leímos.
Mirar a la persona actual no obliga a aceptar cualquier incompatibilidad. Los horarios, el dinero, la presencia y los proyectos compartidos necesitan acuerdos. A veces la realidad muestra que dos vidas no caben. Antes de decidirlo, conviene distinguir lo que la otra persona ofreció, lo que supusimos y aquello que ahora sí necesitamos pedir.
Hablan con los calendarios delante. Reservan el primer sábado del mes y dejan los demás ensayos como estaban. No recuperas los domingos musicales que inventaste al conocerlo. Descubres si la relación concreta puede darte tiempo suficiente. Por primera vez, él responde a una petición en vez de defenderse de un personaje que nunca supo interpretar.