El Librero de Gutenberg

Hoy los gimnasios están llenos de gente y las librerías vacías. Tenemos mucha gente con cuerpos perfectos, pero sin nada que decir.

Durante la reunión del centro vecinal, alguien propone quitar la pequeña biblioteca porque la clase de ejercicio llena el salón tres veces por semana.

Dice que los hechos hablan solos: cuarenta personas se mueven con música y apenas seis retiran libros. Marta levanta la mano desde la primera fila de la clase. Camina por indicación de su médico y escucha novelas prestadas en el teléfono mientras usa la caminadora. La estadística que parecía dividir a dos públicos estaba contando dos veces a la misma mujer.

Cuidar el cuerpo no deja la mente vacía. Leer tampoco vuelve considerada, curiosa o interesante a una persona por obligación. Hay lectores que humillan y deportistas capaces de escuchar durante horas. Convertir una preferencia en prueba de superioridad impide conocer qué busca alguien cuando abre un libro, levanta una pesa o hace ambas cosas.

La biblioteca sí necesita revisar por qué circulan pocos títulos. Tal vez el horario no coincide, el catálogo envejeció o nadie sabe que puede llevarse un audiolibro. Defenderla con desprecio hacia quienes hacen ejercicio solo cambia una vanidad por otra. Los recursos comunes merecen evaluarse por acceso, uso posible y valor, no por el estereotipo más fácil sobre sus usuarios.

El centro mueve el estante a la entrada, extiende el préstamo durante las clases y pregunta qué títulos hacen falta. La asistencia sube sin quitar un minuto de ejercicio. Marta termina una novela antes de mejorar su tiempo en la caminadora. Nadie necesita decidir cuál de las dos victorias demuestra que tiene algo que decir.

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