El Librero de Gutenberg

Los políticos y los pañales deben ser cambiados con frecuencia... ambos por la misma razón.

Por cuarta vez, la asamblea del barrio está a punto de reelegir al tesorero porque nadie quiere revisar seis carpetas de cuentas.

Don Julián conoce cada proveedor y recuerda quién pagó tarde. Cuando alguien pregunta por tres retiros sin comprobante, responde que siempre se ha hecho así. La sala prefiere su experiencia al trabajo de ordenar papeles. Renovarlo parece menos arriesgado que descubrir cuánto depende el comité de una sola memoria.

Cambiar a quien ocupa un cargo no prueba que esa persona sea corrupta. La rotación sirve porque el poder prolongado acumula costumbres, favores y zonas que dejan de explicarse. Saber que otra persona puede revisar y continuar obliga a documentar. También evita que experiencia se vuelva sinónimo de propiedad sobre una función colectiva.

La frecuencia por sí sola tampoco garantiza limpieza. Un reemplazo puede ser peor y una buena responsable merece reconocimiento. Por eso la decisión necesita cuentas, reglas, plazos y posibilidad real de competir. La vigilancia pública pierde utilidad cuando solo reparte insultos. Gana fuerza cuando puede señalar qué falta y qué debe corregirse antes de otro mandato.

La asamblea elige a Marta por un año y pide a Julián entregar inventario, saldos y contratos. Él conserva un lugar en la comisión durante la transición. Dos retiros tenían recibos mal archivados y uno no aparece. La broma de los pañales provoca risas. El cambio verdadero queda en una carpeta que ya puede abrir alguien más.

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