Llorar no es de débiles. Nacimos llorando porque llorar es tomar aire, sacar lo que nos duele y seguir adelante.
Tu hijo cruza la puerta de embarque y te limpias la cara antes de que tu nieta te vea.
Le dijiste que estabas orgulloso de su nuevo trabajo. Cargaste maletas. Repetiste que un año pasa rápido.
Cuando desaparece al final del pasillo, el pecho ya no puede sostener esas frases tan bien peinadas.
Tu nieta te toma la mano.
"¿Estás triste?"
La respuesta automática sería "no, estoy bien". Esa frase que los adultos usamos cuando queremos que nadie se acerque demasiado.
Pero dices que sí.
Y que también estás contento por él.
Las dos cosas caben. Apoyar la partida no obliga a disfrutar la despedida.
Las lágrimas tampoco cancelan todo lo que hiciste para ayudarlo a irse.
Solo muestran cuánto pesaba verlo cruzar esa puerta.