El Librero de Gutenberg

Miren, encontré a un niño en peligro de extinción.

La foto de un niño leyendo en el autobús recibe cientos de comentarios sobre una especie que supuestamente está desapareciendo.

Los adultos celebran al muchacho y lamentan que los demás solo miren pantallas. En la biblioteca de su colonia, la sala infantil cierra antes de que termine el turno escolar. Los préstamos exigen una identificación que muchas familias no tienen actualizada y los únicos títulos nuevos llegaron hace cuatro años.

Una imagen aislada no describe a toda una generación. Hay niños que leen en papel, en pantalla, por obligación, a escondidas o todavía no encuentran un texto que puedan hacer suyo. Usar a uno como excepción admirable permite regañar al resto sin preguntar qué libros ven en casa, cuánto cuestan o quién les da tiempo para elegir.

Fomentar la lectura requiere menos nostalgia y más puertas abiertas. Sirven horarios posibles, credenciales sencillas, historietas junto a novelas, lectura en voz alta sin examen y adultos que también dejan el teléfono para abrir un libro. Ninguna medida garantiza que todos amen leer. Por lo menos deja de exigir una afición cuyo acceso permanece cerrado.

La biblioteca prueba dos tardes largas y permite una tarjeta provisional con comprobante escolar. El primer día salen historietas, un libro de dinosaurios y una novela corta. Nadie fotografía a los nuevos lectores para demostrar que la infancia se salvó. Regresan la semana siguiente porque la puerta sigue abierta a la hora en que pueden cruzarla.

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