El Librero de Gutenberg

No des por hecho a las personas solo porque ahí están siempre

La vecina devuelve tus paquetes, riega las plantas y conoce la llave que se atora.

Le das las gracias de pasada porque su ayuda se ha vuelto parte del edificio. Cuando ella se enferma una semana, descubres cuántas pequeñas dificultades resolvía sin anuncio: recibir al técnico, avisar de una fuga y alimentar al gato del tercer piso.

Dar por hecho a alguien no siempre nace de ingratitud. La constancia vuelve invisible su propio esfuerzo. El cerebro registra la excepción y deja de mirar aquello que funciona todos los días gracias a una persona concreta.

Reconocer no consiste en llenar de elogios a quien quizá solo quiere tranquilidad. Puede ser devolver disponibilidad, preguntar qué necesita o distribuir una tarea que se había pegado a ella por costumbre. Apreciar también es evitar que la persona confiable se vuelva servicio permanente.

Le llevas sopa y preguntas quién puede encargarse de los paquetes durante su recuperación. Hacen un turno entre cuatro vecinos. Cuando vuelve, la llave sigue atorándose. Ya no es la única que sabe moverla hacia arriba antes de girar.

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