No estoy bien como yo quisiera, pero tampoco estoy mal como otros quisieran. Sigo aquí, de pie, dando pelea, y puede que me caiga, pero te aseguro que en el suelo no me quedo.
La escalera del edificio tiene doce peldaños y hoy consigues subir nueve sin detenerte.
Hace tres meses necesitabas ayuda para llegar al descanso. Ahora apoyas la mano en la pared y cuentas. El cuerpo no volvió a ser el de antes. Tampoco es el cuerpo inmóvil de la primera semana.
La recuperación se vuelve frustrante cuando solo acepta dos estados: bien o mal. Entre ellos existen avances desiguales, días perdidos y capacidades que regresan sin ceremonia. Mirar ese territorio intermedio evita llamar fracaso a todo lo que todavía no es la meta.
Dar pelea no significa ignorar límites ni forzar el cuerpo para demostrar algo. Puede ser cumplir el ejercicio indicado, descansar a tiempo y volver mañana. La constancia útil escucha, no castiga.
En el noveno peldaño respiras y subes uno más. Hoy no llegarás sin pausa. Llegarás, que es otra cosa. La puerta de casa se abre con el mismo sonido y tú entras llevando un escalón nuevo.