En estos tiempos donde se discute por todo, la gente que te hace reír vale el doble.
Llevan dos horas en la sala de espera cuando tu hermana mira la máquina de café y dice que también necesita un diagnóstico.
La broma es mala. Tal vez por eso funciona. Te ríes más fuerte de lo que esperabas y una señora al otro lado levanta la vista con una sonrisa. Durante unos segundos, el resultado pendiente sigue allí, pero deja de ocupar todo el aire.
La risa no cura ni convierte una preocupación en algo pequeño. Puede incluso molestar cuando se usa para evitar una conversación necesaria. Hay momentos en que necesitamos que alguien soporte el silencio y no intente animarnos a la fuerza.
Pero también existe una risa que no niega nada. Nace entre personas que conocen la gravedad y aun así encuentran un hueco para respirar. No pide que olvides por qué estás allí. Te recuerda que todavía eres más que la espera.
La puerta se abre y llaman su apellido. Ambas se levantan. La broma no cambió el resultado que van a escuchar. Cambió los últimos cinco minutos antes de recibirlo, y a veces ese regalo breve vale muchísimo.