4 Cartas de Sabines que no conocías

Ciudad de México 1947

Ah, si cada vez que pasas pudiera detenerte y platicar contigo. ¡Verte de cerca, escucharte reír! Quiero aprender tu risa como he aprendido ya tu andar y tu mirada. (El conato de tu mirada, pura aproximación a tus ojos, porque jamás me miras.)

Y pasas, y siento que el aire se estremece, y todo yo, inmóvil, soy deseo y angustia y necesidad de ti.

¿Por qué eres tan hermosa? ¿Te acunaron en versos? ¿Leche de flor bebiste? ¿Quién te modeló sobre mi corazón, quién te tatuó sobre mis ojos?

Apareces en mi vida, de repente, como coronando un ideal, como concretando a todas las mujeres que he deseado, y o puedo dejarte ir, ni puedo detenerte. Te llamo, sí, te llamo y no me escuchas. Desde mi corazón te llamo; arrojo mis ojos a tu paso; trato de alcanzarte con mi silencio, inútilmente.

Siempre has sido ligera y fugitiva, ajena e imposible.

Pero no puedes dejar de ser mía en ese instante en que pasas. Te poseo con todos mis anhelos, con todos mis sueños, y basta la fugacidad de tu presencia para hacerte mía de mi carne, propiedad de mi alma, habitante de mi dolor y mi esperanza.

Te quiero. Pero te quiero y te deseo; y eres inquietud, dolor, angustia; y muero y nazco todos los días para verte pasar. Y siempre eres la misma, espejismo para mi corazón, distancia y lejanía para mi sed de ti.  

No sé hasta dónde me lleve este camino, este difícil camino de tu espera. No sé hasta dónde te persiga mi sangre, hasta dónde se prolongue tu encuentro. Si yo pudiera rogar, te rogaría; si supiera pedir te pediría; te diría que pronto, que vinieses a mí ahora mismo, que te necesito, que esto es urgente, imprescindible. Pero me he acostumbrado a aguardarte en silencio, deseándote, deseándote nomás; y allí en el fondo de mi alma te espero, íntimamente confío en ti, creo en ti -porque creo en mi amor, porque sé que no hay amor baldío-, y estoy como si esperara madurar una fruta, como si esperara que cayese un beso, como si esperara florecer un sueño.

Porque te quiero, linda, porque te quiero, amor. Porque eres distinta a todas las mujeres, en tu cuerpo, en tu andar, en lo que eres para mis ojos, en lo que sugieres a mi corazón. Quisiera estar junto a ti, para decir sobre tu oído: te quiero, te quiero, te quiero, te quiero, te quiero, y repetirlo constantemente, infinitamente, hasta que te cansaras tú de oírlo pero no yo de pronunciarlo. ¿Cómo marcártelo en un brazo? ¿Cómo sellártelo en la frente? ¿Cómo grabártelo en el corazón?

Escuchalo otra vez: te quiero. Y déjame soñar contigo indefinidamente… ¡Si supieras cómo ya eres mía hasta mi muerte!

Te esperaré mañana.  Siempre te estaré esperando…

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México/abril/47

Chepita, mi Chepita:

Estoy terriblemente solo. Te necesito.

No puedo defenderme más contra tu ausencia y mi soledad.

Es una claudicación, naturalmente. ¿Qué quieres?: la neurosis, tú, el tiempo…

Te esperaré a las 4 de la tarde en el lugar de siempre. ¡Cualquier día de éstos! Mañana, el lunes, el martes… yo estaré allí aguardándote, creyendo.

La lluvia me empujó al correo. ¡Está lloviendo a cántaros! Y sobre mi corazón, a cántaros, tú. 

Ven. Te espero. Ven…

Jaime

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En. 29/48

Josefa Luvia:
Tú eres mi único rival, dijiste. Y quedé sorprendido. Y sonreí nerviosamente, como el culpable descubierto o como el que se halla a sí mismo.
Yo soy tu único rival: terriblemente cierto. Pero también soy mi rival, mi enemigo.
Tu amor, mi amor, es eje, centro, causa y efecto. Principia y termina en sí mismo. Es, como la existencia, un círculo; como la muerte, como el olvido.
Pero hay tangentes, fuerzas que arrastran, corazones “centrífugos”… Yo giro alrededor de ti -y en eso también pareces astro- pero el destino me saca de la órbita, y mi presencia tira desenfrenada en las manos del tiempo.
Estoy, estás en mí, y de repente muero. Un viento como de presagios -ardida locura- me arrebata: y te pierdo; y me alejo irremediablemente a buscarte en todas las mujeres que encuentro, a distinguirte, a identificarte con La Mujer.
Porque tú eres más que tú a veces: eres un concepto, una imagen, lo genérico, lo específico del sexo.
Perdóname sí creo ofenderte, a veces, cuando piso una flor.
Perdóname también el que te quiera como a mí mismo; porque me soy infiel, porque me engaño.
Pero yo habría de ser otro, y tú otra, para que fuera distinto nuestro amor… Y no quiero yo que sea distinto. Está bien así, de llama y viento, de ternura y de remanso y muerte.
Acaso es triste el irse… pero sin el irse no hay el volver. Sin morir no hay resucitar.
Déjame que te quiera así como a mí mismo; que me vaya de ti como me voy de mí, sin esperanza, por la esperanza; del amor al olvido, del olvido al amor, en el pan diario de la muerte.

Jaime

noname57

feb/29/48

Chepita:

Hace un momento te dejé: ya me haces falta.

Hace un momento apenas te dije adiós, y ya ha recorrido mi corazón la eternidad.

Ah —ahora sí estoy enfermo. Enfermo de ti. Enfermo de mí. Enfermo del mundo. Enfermo, desoladamente enfermo.

Penetro en mi soledad (una cama, mi retrato, mis libros, papeles y humo de tabaco) y ya estoy con el miedo de caer a medio cuarto gritando y riendo y llorando y golpeándome la cabeza contra los muebles para ver si soy yo o es otro con mi nombre el que está aquí.

¿Has de creer, así, que tengo miedo de volverme loco?

¡Ay, y qué cansado estoy!

¿Por qué?… La noche aquella me decías tú: “¿por qué?”, “¿por qué?”, “¿por qué?”, “¿por qué?”…

Y la vida sigue siendo eso, un “¿por qué?” constante, pecaminoso, áspero. Y todas las cosas son así porque así son. La vida tiene su secreto; este secreto se llama: “Porque sí”.

Yo creo, en verdad, que la mayor imprudencia que he cometido es no haberme muerto al nacer. Porque eso de estar aquí y no aceptar las cosas como son es debilidad. Bien está que yo piense un mundo mejor; pero antes debo tragarme —es la palabra—, antes debo tragarme, aunque sea por el privilegiado placer del último acto digestivo, este mundo real y verdadero en que disuelvo mi tristeza.

Masoquismo, újule, o neurosis; el caso es que debo escupir para arriba, debo escupirme mi dolor y mi risa y mi concepción —a media sombra— del mundo, y mi angustia y mi temor y mi confianza y todo. Debería yo hacerme pura saliva para mancharme la cara, la pobre cara melancólica y seria que espanta la vida de mis ojos.

¿Carta de enamorado? No. Dios me libre de escribirte cartas de enamorado.

Te escribo aquí mi ira, mi conflicto, mi dolor que es la forma más sincera de decir “te quiero”.

No estoy ahora para pensar en astros, aunque piense en ti.

Qué tontas me parecen en este momento la luna, y las rosas y las palabras tiernas, cuando estás tú aquí tan ausente, tan ausente, a media hora de mis labios y tan lejos, a media hora de mi corazón y tan distante.

¡Ah, mi soledad en que germina esta inmensa tristeza del mundo!

¡Qué pequeños parecemos tú y yo en medio de este silencio, absorto e indiferente!

Chepita, mi Chepita, amor mío tan mío.

En esta rechingada hora de insomnio y de vergüenza estás presente, te necesito, te amo hasta quién sabe dónde, más, mucho más allá del amor y de la vida, te amo hasta la muerte; de tal modo que en vez de decir “te quiero” necesito decir: te muero, me muero en ti, me muero.

Me aniquilo en tu pensamiento, me destruyo en mi pensamiento de ti. Acabo, no existo, no soy; soy en ti, en el amor, soy en mí, soy en la muerte; me llamo principio, fin, causa, origen, destrucción, acabamiento. Vida y muerte. Cielo, infierno —20,000 infiernos, sólo un cielo—, Chepita, Jaime, etcétera, Jaime, Chepita, amor y fin. Y fin, y fin, y todo y fin.

Y algo más. Pero quién sabe. Y algo más todavía.

Bueno. Siempre queda una cosa imposible, inefable. Piensa —yo pienso— en ella.

Tratemos de dormir ahora.

Hasta mañana, amor.

¿Hasta mañana?

Ay, amor, soñemos.

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By Alexia B

Comunicóloga, hembra indómita y sexy por naturaleza.