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En mi clase de ingeniería tenía un compañero alto y esbelto que siempre llevaba mangas largas y que se sentaba del otro lado del salón. No hablaba mucho, tenía un extraño estornudo y la mayoría del tiempo estaba solo.

Tenía una sospechosa sospecha de que era inteligente, muy inteligente. No debería haberme preocupado de ninguna manera, pero entre mi lado competitivo sanguinario y la inclinación que tenía por ver a los demás, mi radar estaba siempre encendido.

Y no era como si tuviera alguna evidencia, calificaciones, resultados de exámenes o incluso una conversación remota para sacar esa conclusión.

Todo lo que tenía era una sutileza que había notado: su lenguaje corporal.

Era una confianza fría yuxtapuesta con una completa falta de estrés en su rostro.

Esta ausencia de estrés no debe ser confundida con la pasividad o flojera. Él siempre se encontraba enfocado en el material de clase, pero rara vez tomaba notas. Su lápiz se mantenía junto a su mano pidiendo que lo usaran para escribir, pero no. La clase no parecía perturbarlo. Era como si estuviera solo controlando el crucero, flotando mientras todos nosotros remamos para mantenernos al día.

Fue el mejor de la clase y se graduó con honores.

Pero tuve confirmación antes de eso.

Un día hacia el final del plazo, nuestro profesor puso un problema de muy alto nivel en el pizarrón y preguntó quién sabía la respuesta. Inmediatamente lo miré – él sabía la respuesta. Lo sabía. Su cabeza se quedó quieta mientras sus ojos se arremolinaban esperando a que alguien contestara.

Era inteligente. Lo tenía en el bolsillo. Pero no estaba buscando atención.

El maestro reiteró: “¿Alguien?”.

Finalmente, levantó lentamente la mano y leyó la respuesta como un asesino entrenado: tranquilo y frío.

No necesitas ver las calificaciones de alguien para darte cuenta de que es inteligente.

Sólo hay que mirarlos. Y usualmente son los tranquilos. Las aguas tranquilas corren más profundo.

 

Fuente: Traducido por El Librero de Gutenberg de Quora.

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