Me comí la vida, saboreando cada momento

Ya lo escribió la magnífica Angeles Caso con unas palabras acertadas y certeras en su artículo “Lo que quiero ahora”. En él nos habla de cómo ha llegado a la madurez y cómo se ha dado cuenta de lo que de verdad importa. Explica con una clarividencia absoluta todo lo que rechaza y que representa lo malo de este mundo, según su visión la cual comparto, y reclama con fuerza las pequeñas cosas de la vida. Aquellas que no valoramos por demasiado sabidas, por conocidas, por seguras. El amor de nuestra familia, la presencia de los seres más queridos de la que disfrutamos tan poco y añoramos cuando ya es tarde. El llorar por todo lo que merezca nuestras lágrimas, pero no amargarnos y dejar de quejarnos. Y termina su artículo pidiendo que cuando ella ya no esté, haya “un puñadito de personas” que piensen que les mereció la pena haberla conocido y haber coincidido con ella en este periplo que llamamos vida.

“Lo que quiero ahora” Por Ángeles Caso

Así he llegado yo también a la madurez y jamás podría expresar tanto sentimiento y tanta verdad en un breve artículo como lo hace Ángeles.

La sensación que tengo al mirar atrás es la de que he cambiado en muchos aspectos y me viene a la cabeza esa expresión de que me comí a mí misma, me deglutí, me desaprendí para finalmente despertar de nuevo a la vida.

A partir de los 44 años, o tal vez a partir de la muerte de mi padre, empezó la metamorfosis. La muerte es una experiencia para la que no nos preparan. Es tan inevitable como que necesitamos dormir y respirar para vivir, pero no hablamos de ella. Eludimos mentarla y preferimos no pensar en la levedad de nuestra existencia. Supongo que el desconocimiento de lo que vendrá, la imprevisibilidad de su llegada, la inminencia de que existe, nos asusta y teniéndola tan presente nos sería más difícil sobrellevar el paso de los días.

Sin embargo, he llegado a la conclusión de que tendríamos que ser más conscientes de su existencia para así ser más conscientes de que los años pasan, la vida se escapa y el tiempo no se puede recuperar.

Una vez que asumí la pérdida de mi padre. Una vez que el dolor profundo en el pecho se apaciguó y dejó paso al recuerdo y a sentir que siempre está conmigo, en las nubes, en el cielo inmenso (el físico porque en el otro hace tiempo que dejé de creer), en mi día a día, cuando apretaba mi propia mano y sentía que apretaba la suya, cuando las lágrimas se fueron espaciando, fue entonces cuando tuve la mayor de las revelaciones. He dejado de ser joven, sin dramatismos ni lamentaciones, al contrario, con toda la alegría de ver pasar los años y celebrarlos con los que quiero. He perdido un ancla que aún me hacía resistirme a madurar. Antes se fueron mis abuelos y a la vez que fui perdiendo a todos aquellos que eran mis referentes durante mi niñez y juventud empecé a aprehender el verdadero sentido de la vida: su brevedad…

Me comí a aquella niña insegura y tímida que dependía hasta el extremo de su familia y de su entorno. Aquella niña que no quería dejar su barrio, ni su ciudad, ni estar lejos de las personas con las que se sentía segura y protegida. Me comí a la niña que corría en la oscuridad de la noche por el corto pasillo que separaba mi habitación de la de mis padres y se acurrucaba entre los dos.

Me gustaría iniciar una serie de artículos en los que ir desgranando cómo fue esa evolución y describir mi autofagia. No la de regeneración celular por la que Yoshinori Ohsumi recibió el Premio Nobel en 2016, sinó la de la regeneración psíquica, la de la madurez y la que comporta el paso de los años. Éste podría ser el primero…

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By Ana Mera

Nací en Barcelona, más concretamente en el barrio de la Barceloneta, pero por trabajo me he convertido en nómada. Estudié publicidad. Soy madre de 3 hijos, mi mejor experiencia vital. Me encanta escribir sobre lo que ocurre a mi alrededor. A mis cuarenta y muchos me considero una persona vital y sociable, con muchas ganas de que la vida me permita envejecer junto a los que quiero!!