Y si hablamos de la muerte, esa fiel compañera

Walk into the light

Llega un día en el que en tu entorno son más frecuentes las malas noticias que las buenas. La muerte es más frecuente que los nacimientos. Y es en ese momento cuando eres consciente, de repente, que ya ha pasado más de la mitad de tu vida y ni siquiera te has dado cuenta.

Cuántas veces les digo a mis hijos que disfruten el momento, el presente.

Parezco uno de esos libros de autoayuda repleto de frases motivacionales. Pero es un error.

A cada uno le toca vivir sus primeros años de forma intensa, creyendo que cualquier pequeño problema es un terrible rompecabezas, viendo que las horas pasan lentas y que parece que nunca vamos a hacernos adultos.

Uno de mis mayores temores ha sido siempre la muerte. Sobre todo la de las personas imprescindibles en mi vida. De pequeña era uno de mis terrores nocturnos más recurrentes.

Cuando menos lo esperábamos, mi padre enfermó. En cinco meses un cáncer, un bicho cruel y traicionero como él lo llamaba, lo consumió, sin esperanzas, inexorablemente… Aquel hombretón de casi 100 Kg., estibador aguerrido, gaditano simpático, se convirtió en un anciano, delgado y demacrado.

Una Navidad, tuve tres días para despedirme de él. Murió en casa, fue su deseo. Y gracias a las vacaciones pudimos ayudar a mi madre en ese durísimo trance. Le cuidamos, le cogía de la mano y me la apretaba fuerte, le veía dormir en aquella cama que de pequeña tantas veces había sido mi mejor refugio, le pusimos su música preferida y no nos separamos de su lado.

Fue entonces cuando vi la muerte de otra forma. La valentía de mi padre, la manera en que él la enfrentó, sin miedo y pidiendo marcharse porque el dolor ya era insoportable. Fue otra nueva enseñanza que me regaló. Nacemos y morimos, es algo inevitable. Lástima que no se nos eduque para ese momento y que nos pasemos la vida evitando hablar de la muerte.

Mi padre se fue y a nosotros nos quedó un enorme vacío pero un recuerdo imborrable de esas horas en las que en la intimidad de nuestra casa vivimos uno de los momentos más intensos de nuestra vida.

Él me enseñó que no puede ser tan mala la muerte. Sin embargo, aún después de cinco años algo me araña el corazón cuando pienso en él y da paso a las lágrimas.

Así que la guadaña nos atrapará, tarde o temprano. Como dice una amiga, médico, no andes preocupada por síntomas, por dolores, por enfermar, porque cuando llega es que tiene que ser así y nada puede interferir .

Por lo tanto, qué mejor consejo que comerse la vida a bocados. Disfrutar incluso de los malos momentos porque estás aún aquí para vivirlos. Y enloquecer con los buenos y masticarlos, lentamente pero con fruición.

Cumplir años no es envejecer, para mí es la oportunidad de seguir respirando y de estar con los que quiero.

¿Qué hay más allá, qué pasará después? Sigo sin saberlo, pero sí sé de lo que tengo aquí y por fin he aprendido a valorarlo.

Incluyamos en nuestras conversaciones el único destino que nos espera y que el miedo no nos impida vivir cada minuto.

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By Ana Mera

Nací en Barcelona, más concretamente en el barrio de la Barceloneta, pero por trabajo me he convertido en nómada. Estudié publicidad. Soy madre de 3 hijos, mi mejor experiencia vital. Me encanta escribir sobre lo que ocurre a mi alrededor. A mis cuarenta y muchos me considero una persona vital y sociable, con muchas ganas de que la vida me permita envejecer junto a los que quiero!!