30 novelas que leer antes de los 30

Antes de nada, una advertencia: esto no es una lista definitiva y está a varios kilómetros de querer ser canónica. Piensa en ella, más bien, como una guía a la que le puedas ir añadiendo tus propias correcciones u omisiones. Además, los títulos elegidos no siguen ningún orden concreto, no hay jerarquías dentro de la lista. Es sólo un catálogo de treinta novelas extraordinarias. Podría escribirse otro con otras treinta y sería igual de válido.

Sólo hemos escogido obras de los siglos XIX y XX, primando sobre todo las del segundo. No hay autores españoles, porque es muy probable que todos esos grandes clásicos ya los leyeses, obligado, en el instituto.

Aquí hablamos placeres y privilegios, no de obligaciones. Y, sin más dilación, bienvenido a la lista de las 30 antes de los 30. Tacha las que ya hayas leído y pregúntate a qué demonios estás esperando para ponerte con las demás.

 

Franny y Zooey (1961), de J.D. Salinger

Franny & Zooey

Mucho ‘Guardián entre el centeno’ ha conseguido enterrar la otra gran contribución de Salinger a la historia de la literatura: la familia Glass, representada en estas dos historias (publicadas por primera vez en las páginas de The New Yorker) por sus dos miembros más jóvenes.

Los problemas emocionales del genio, la vida en esa Nueva York del alma que figura en las fotos de Neal Boenzi, la incapacidad de conectar con un entorno alienante y la belleza misteriosa, pero increíblemente triste, que parece conectar todas las cosas.

 

La náusea (1938), de Jean-Paul Sartre

La náusea

La ciudad fue el escenario principal de la novela en el siglo XX, una caja de resonancia psicosocial que nunca obtuvo tanto protagonismo como en la Bouville (en realidad, Le Havre levemente camuflada) sartreana.

El filósofo describió su primer contacto con la ficción como un intento de apartar la narrativa de la física newtoniana y situarla en plena Era de Einstein: un flujo de conciencia metafísico que se vale de la fenomenología y (claro) del vacío existencial para componer un fresco de la vida moderna.

 

El gran Gatsby (1925), de F. Scott Fitzgerald

El Gran Gatsby

Antes de ser una extravaganzza en 3D de Bazz Luhrman era, simplemente, la Gran Novela Americana.

Y lo sigue siendo: un estudio del alma humana profundo y rico en simbolismo, un paseo fantasmagórico por las grietas de la identidad, el precio del idealismo, la lucha de clases y esa vela encendida por los dos lados que fueron los Felices (y Furiosos) Años 20.

Y todo ese jazz.

 

El hombre ilustrado (1951), de Ray Bradbury

El hombre ilustrado

Uno de los pocos poetas legítimos que ha tenido la ciencia-ficción, Bradbury dio uno de sus dos de pecho con esta colección de relatos, unidos por un hilo conductor y centrados en el impacto de la tecnología sobre la naturaleza humana.

El autor ya probó el concepto de cuentos que son como canciones de un mismo disco en ‘Crónicas marcianas’ (1950), probablemente su obra más celebrada.

 

Carrie (1974), de Stephen King

Carrie - Stephen King

Escrita en un tráiler con la máquina más barata de todo Maine, la cuarta novela de King (pero primera en ser publicada) es uno de los testimonios más directos del infierno físico y mental de ser adolescente.

Carrie reacciona mal a las cosas raras que suceden en su cuerpo, a la asfixia materna y al acoso al que la someten sus despreciables compañeros de trabajo.

Reacciona muy mal, pero no podemos culparla.

La primera heroína de terror posmoderna.

 

Meridiano de sangre (1985), de Cormac McCarthy

Meridiano de sangre

Con un ojo puesto en Dante y otro en Sam Peckinpah, este western definitivo (tanto que destruye por completo el género) puede ser una buena opción para evitar leer ‘Moby Dick’ (1851) hasta después de los 30.

Harold Bloom no tuvo problema al comparar la obra de McCarthy con la de Melville: comparten temas (lo cósmico, la épica, el destino, la ferocidad de los espacios abiertos) y se muestran igual de esquivas en sus posibles interpretaciones.

Además, parecen escritas por el mismísimo Dios.

 

Alicia en el País de las Maravillas (1865), de Lewis Carroll

Alicia en el país de las maravillas

Podrás haber visto decenas de adaptaciones, pero te recomendamos echar un vistazo a la fuente original, una cima del sinsentido, el ingenio y esa suerte de caos matemático que nadie consiguió conjurar mejor que el diácono Dodgson, más conocido por su afortunado nom de plume.

‘Alicia’ destila pasión por los juegos en cada una de sus páginas y está llena de situaciones que ya forman parte indeleble del imaginario popular.

 

En el camino (1957), de Jack Kerouac

Jack Kerouac

Dentro de la habitación sofocante, un rollo de papel va dando forma a la última voluntad y testamento de una Arcadia (la Generación Beat) tan esplendorosa como autocombustible.

Para cuando el rollo se publique, las drogas se habrán acabado, el jazz habrá dejado de sonar, las musas habrán abandonado a los poetas y su autor se maldecirá por ese momento que se le escapó entre los dedos. Si acabas con ganas de más beat, el doctor Burroughs tiene justo lo que necesitas: ‘El almuerzo desnudo’ (1959).

 

La espuma de los días (1947), de Boris Vian

La espuma de los días

La obra maestra más cálida y accesible de uno de los puntales de la vanguardia parisina de posguerra. Su (aparentemente) simple historia de amor y melancolía representa la efervescencia creativa en su máxima expresión, ya sea a través de pianococktails, pinceladas de ciencia-ficción o pasajes llenos de delicadeza.

Esta adaptación de la nouvelle decadence al Saint-Germain-des-Prés de mediados del siglo XX te hará llorar: garantizado.

 

Lolita (1955), de Vladimir Nabokov

Lolita

Maestro de la ironía y entomólogo profesional, Nabokov estudió a su Humbert Humbert como si se tratase de una mariposa trágica, sometida a las inexorables fuerzas de un destino destructor… encarnado en una niña de 12 años, oscuro objeto de deseo al tiempo que abismo devuelve-miradas.

Quizá sea el mejor narrador poco fiable de la literatura universal, guiándonos de maneras sibilinas por esta parodia casi metafísica de la novela erótica.

 

Cien años de soledad (1967), de Gabriel García Márquez

100 años de soledad

Ambiciosa panorámica de todo un continente (esa América Latina que, mientras G.G.M. escribía, estaba en pleno Boom), este relato transgeneracional de vida, muerte, sexo, revolución y paz incluye prácticamente todos esos grandes temas universales que tantos escritores menores sueñan con tratar alguna vez en sus carreras.

La experiencia humana en todo su esplendor tragicómico, una espiral huracanada que abarca lo político, lo sentimental y lo espiritual como diferentes fases de un mismo ritual arcano.

 

La señora Dalloway (1925), de Virgina Woolf

La Sra. Dalloway

Un día en la vida (o, más concretamente, la vida en un día) de una mujer acomodada en la Inglaterra de entreguerras.

Para Michael Cunningham, autor que convertiría a Woolf en un personaje de ‘Las horas’ (1998), esta es la primera novela que logró dividir el átomo: dejar de lado la enormidad exterior y concentrarse en el espacio interior, infinito, de una mente humana.

Pasado y presente forman un todo unificado en este exquisito estudio de personaje, uno de los más conmovedores del canon occidental.

 

El proceso (1925), de Franz Kafka

Kafka - El proceso

Los primeros años del siglo XX están contenidos en esta novela inacabada, como tantas otras gemas kafkianas.

Una burocracia monstruosa e inalcanzable domina desde arriba a un individuo en avanzado proceso de atomización, movido por el sentimiento judío de la culpa (aunque su origen preciso sea ilocalizable) y temeroso de ese totalitarismo atroz que ya se empezaba a adivinar en el momento de su escritura.

 

El extranjero (1942), de Albert Camus

El extranjero de Albert Camus

En la playa, un hombre insignificante mata a un árabe anónimo como simple respuesta fisiológica al calor vespertino.

Una acción absurda e inhumana que Camus aprovecha para desplegar, probablemente, la paleta filosófica más rica de la literatura del siglo XX.

Una de esas obras aparentemente simples, pero que en realidad darían para un flujo casi eterno de tesis doctorales: es posible que nunca lleguemos a acabarnos del todo ‘El extranjero’.

[También te recomendamos leer La carta que escribió Albert Camus a su profesor de colegio tras de ganar el Nobel de Literatura]

El arco iris de gravedad (1973), de Thomas Pynchon

El arco iris de gravedad

¡No es un error! Sus +1000 páginas y su estatus de clásico snob podrían intimidar y hacer pensar en un volumen perfectamente aplazable hasta los cuarenta.

No: Pynchon escribió una novela huracanada, excéntrica, politóxica, juvenil, capaz de filtrar un trauma histórico a través de una cabalgata posmoderna de sexo y contracultura.

Es imposible hacer justicia a esta opus magna laberíntica y medusina en sólo seis líneas: hay que entrar en ella de cabeza, dejarse llevar, prepararse para lo que sea.

 

Frankenstein, o el moderno Prometeo (1818/1831), de Mary Shelley

Frankenstein

Mucho antes de Boris Karloff, un corazón palpitaba en la que está considerada como primera novela de ciencia-ficción.

Aunque la prosa de su autora ofrezca mucho más que eso: un drama romántico polisémico, válido como tragedia byroniana y como sátira inclemente sobre el patriarcado, como reflexión política teñida en pesimismo y como estudio (potenciado por Milton y Coleridge) del alma humana.

También es un juego metalingüístico y un catálogo de placeres góticos, entre otras cosas. Es inagotable.

 

Por quién doblan las campanas (1940), de Ernest Hemingway

Por quién doblan las campanas

Probablemente, el mejor libro sobre la muerte jamás escrito.

Todos sus personajes tienen claro que a la guerra se viene a desaparecer, ya sea dinamitando un puente, optando por un suicidio rápido para evitar sufrimiento o en la forma de esos aviones fascistas (La Muerte Desde Arriba) que siempre parecen amenazar los cielos.

No hay gloria en la masacre fratricida: sólo barro, violencia, vergüenza y deshumanización en su estado más puro.

Queda, sin embargo, la llama de la camaradería y la nobleza de los ideales.

 

El señor de las moscas (1954), de William Golding

El señor de las moscas

Ha sido duro escoger entre esta y ‘Rebelión en la granja’, de George Orwell, pero quizá la alegoría sobre la civilización de Golding tenga mayor alcance.

Una horrible dimensión de primitivismo salvaje acecha detrás de toda ilusión de civilización, como descubren estos muchachos británicos perdidos en una isla desierta.

Lo que empieza como una novelita de aventuras acaba componiendo una de las más terribles pesadillas de la literatura universal, una auténtica visión del fin.

 

El corazón de las tinieblas (1899), de Joseph Conrad

El corazón de las tinieblas

Subirse a esta lenta barcaza hacia la locura es emprender un viaje definitivo: el lector que abre el libro por la primera página no es el mismo que lo cierra por el final.

En el proceso, algo ha cambiado.

Conrad fusiona de manera magistral el puro goce de la aventura con una profundad psicológica que explora las últimas consecuencias del imperialismo y convierte a Kurtz en el hombre-bestia que todos nosotros (y no sólo el pobre Marlow) escondemos en lo más profundo.

 

Retrato de un artista adolescente (1916), de James Joyce

Retrato de un artista adolescente

El joven Stephen Dedalus descubre el alto precio de la vida en la novela que contendría, de alguna manera, el código para interpretar esas obras mayores de Joyce que aún estaban por llegar.

Es una obra compleja (su corpus filosófico-religioso ha dado para varias tesis doctorales) y tan irlandesa como despertarse en un parque el día después de San Patricio.

También es un testimonio vibrante la rebeldía de todo joven que alguna vez haya aspirado a algo: non serviam.

 

Crash (1973), de J.G. Ballard

Crash

Hay más sexo en el cuerpo mutilado por el metal de James Dean que en toda la filmografía de Sasha Grey, o eso les parece a los sinforófilos (parafilia en la cual la excitación sexual gira alrededor de observar o incluso representar un desastre, tal como un incendio o un accidente de tránsito) protagonistas de, quizá, la obra de arte más perturbadora del siglo XX.

Ven a nosotros, Dr. Vaughan, científico televisivo, ángel pesadillesco de las autopistas, apóstol de una nueva sexualidad nacida de la tecnología perversa.

Ballard descubrió una zona erógena llena de electricidad en nuestro cerebro y se dedicó a perforarla hasta transformarnos por completo.

 

Una mirada en la oscuridad (1977), de Philip K. Dick

Una mirada a la oscuridad

No hay futuro más negro que el que uno encierra dentro de sí mismo.

Dick miró en su interior y encontró una visión distópica de la California de mediados de los 70, en pleno aterrizaje forzoso del sueño hippie y aprendiendo a lidiar con una cultura de la droga que ya había pasado de lo recreacional para convertirse en un modo de subsistencia.

Subidones, bajones, paranoia gubernamental, mística e histeria psicoactiva: PKD 101.

 

Viaje al fin de la noche (1932), de Louis Ferdinand-Céline

Viaje al fin de la noche

¿Puede una mala persona escribir una obra maestra? ¡Por supuesto!

Céline no tiene problema en compartir con nosotros su inapelable misantropía mientras nos conduce por una trama semi-autobiográfica, inspirada por el trauma de combatir en la Iª Guerra Mundial.

Algo cambió en su carácter durante su estancia en las trincheras: lo que salió de allí era un literato nihilista con rayos X en los ojos, alguien capaz de ver el mundo moderno como el pozo negro de desesperación que realmente es.

 

Rayuela (1963), de Julio Cortázar

Rayuela

Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes, he aquí la Contranovela, el ataque definitivo a las estructuras clásicas de la narración, volvió a abrirla cuando regresaba en tren a la finca; se dejaba interesar lentamente a medio camino entre el surrealismo y la Nouvelle Vague francesa, con ecos a Henry por la trama, por el dibujo de los personajes. Esa tarde, después de escribir una carta Miller y parodias de Joyce. Un juego cerebral que lo deconstruye todo y no se olvida.

 

Trópico de Cáncer (1934) / Trópico de Capricornio (1939), de Henry Miller

Trópico de cáncer

Es un poco trampa, pero es realmente difícil imaginar una sin otra.

En resumen, trata de esto: de cama en cama, de borrachera en borrachera, la vida bohemia, el deambular por el entorno urbano en busca de placer instantáneo y la promesa de algo más cuando toda esa bruma juvenil se disipe.

Miller escribió un catálogo completo de la neurosis sexual del hombre moderno.

También escribió algunas frases bellísimas y los polvos más exquisitos que puedas imaginar.

 

Cumbres borrascosas (1847), de Emily Brontë

Cumbres borrascosas

Hay algo de justicia poética en incluir a esta hermana Brontë en la lista: murió con 30 años, pocos meses después de haber publicado su primera y única novela.

Su impronta, no obstante, fue inmortal: una de las historias de amor más poderosas de todos los tiempos, una indagación en la naturaleza casi demoníaca de la pasión humana que refleja la violencia sentimental de sus personajes en los páramos de Yorkshire, testigos mudos de las llamas que consumen a Catherine y Heathcliff.

 

Las aventuras de Huckleberry Finn (1885), de Mark Twain

Las aventuras de Huckleberry Finn

En caso de que no te lo mandaran en el colegio, lánzate a él. Y, si lo leíste de niño, quizá no te venga mal una relectura adulta de algo que, básicamente, es una catedral de papel, edificada en honor al sencillo placer de contar y leer una buena historia.

Huck y Jim recorren el Mississippi, descubriendo un universo cerrado (el Sur antebellum) y asfixiante, en cuya sátira se escucha respirar al humanismo de Twain.

 

Memorias del subsuelo (1864), de Fiódor Dostoyevski

Memorias del subsuelo

No hay progreso, no hay utopía, no hay sueño colectivo: sólo una pulsión irracional, individual y autodestructiva que nos convierte a todos en animales camino del matadero.

Por supuesto, los críticos literarios soviéticos no se tomaron nada bien este ataque a las bases del socialismo, pero el breve texto bicéfalo de Dostoyevski tuvo más aceptación en Occidente, donde se llegó a considerar piedra de toque del existencialismo.

Y ya que estamos con el tema, entra Sartre.

 

La campana de cristal (1963), de Sylvia Plath

La campana de cristal

Vivimos en un presente dado a frivolizar con la depresión, así que no está de más volver la vista hacia un tiempo donde aún no existía vocabulario médico sobre el tema y nadie entendía qué demonios pasaba por la cabeza de una mujer deprimida.

Respuesta: el papel que las rémoras sociales de los 50 le habían asignado.

Plath se enfrentó a la prosa con un imbatible pulso lírico para lo extraño, lo cruel, lo sardónico, lo podidamente triste.

Su pieza de acompañamiento perfecta es ‘Vía revolucionaria’ (1961), de Richard Yates.

 

La conjura de los necios (1980), de John Kennedy Toole

La conjura de los necios

Nadie quiso publicar esta cúspide de la novela picaresca mientras su autor vivía, y nadie la hubiese leído si no llega a ser por los esfuerzos de su madre (la auténtica) y el escritor Walker Percy.

Bueno, Jonathan Swift ya nos advirtió de lo que pasaba cuando un verdadero genio aparece.

30 años, un perrito caliente en la mano, Boecio en la cabeza y aún viviendo con su madre: si Ignatius J. Reilly no es la manera perfecta de acabar esta lista…

 

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Fuente: revistagq.com

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By Tío Gutenberg

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