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TIENES CÁNCER PERO LA VIDA SIGUE A TU ALREDEDOR

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Hoy en el autobús he visto a una pareja y sin querer perturbar su intimidad, algo se me ha clavado en el alma porque estaban pasando por un momento terrible. Ella, apoyada en la barra, no dejaba de mirarle a él, con su mano en la boca y con preocupación, diría que casi con incredulidad, sin saber muy bien qué expresar ante la otra persona. Se intuía su desesperación. Y en el caso de él, a pesar de llevar sombrero, se adivinaba su pelo escaso, casi inexistente, y en su perfil destacaba un pómulo exageradamente abultado. Sus hombros caídos, su cuerpo laso, y al girarse, esa expresión, esos ojos hundidos y su cara demacrada, signos de que su enfermedad parece avanzar sin compasión. Pero ahí estaba, de pie, resistiendo, como si nada de lo que hubiera alrededor pudiera captar su atención… Cuántos recuerdos me han venido…

No he podido evitar hacer una composición de lugar, de los hechos que ante mí se estaban sucediendo. Lo que esas dos personas estaban viviendo, en su microentorno. A pesar de estar rodeados de gente, era como si el tiempo, como si la realidad, se hubiera detenido para ellos. Lo que para mí y los demás pasajeros era un minuto más, un silencio más, una parada más, una conversación más, una mirada más… para ellos era una inmensidad, la sensación de estar cayendo por un precipicio, lentamente y ante la mirada inconsciente y ciega de los demás. Los demás, en principio sanos, cada uno en sus cosas, probablemente maldiciendo el día de trabajo, el cansancio… porque la vida sigue su curso pero para esa pareja parecía haber empezado a detenerse de forma cruel y traicionera.

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Todos los días nos cruzamos con otras personas, desconocidas, a las que no prestamos atención. Cada uno de nosotros es un mundo inconmensurable. Nuestro pasado, nuestro destino, nuestras vivencias, sufrimientos, alegrías, todas las sensaciones y sentimientos que nos acompañan a lo largo de nuestra vida. La empatía no abunda y eso nos hace prejuzgar a los demás, o simplemente, dejar que pasen por nuestro lado sin inmutarnos. Alguien cae ante nosotros y por miedo, desconfianza, por las prisas, o porque no estamos atentos a nuestro alrededor inmersos en nuestros propios pensamientos, no nos detenemos para ofrecerle nuestra ayuda. A veces ocurre y hay quien lo deja todo para acercarse a ese desconocido y decirle: “estoy aquí, podría haber sido yo el que esté en tu lugar y quiero ayudarte”.

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Sin embargo, la pareja del autobús vivía un momento cruel. Subieron en la parada del hospital de la ciudad y no era difícil intuir que en la consulta del médico las noticias habían sido muy desalentadoras. Por mucho que quieras entenderles, ayudarles, es imposible. Son situaciones demasiado íntimas, demasiado intensas y sólo quienes las viven pueden ponerse en el lugar del otro. Los otros pasajeros, ahí estábamos. Simples comparsas, o figuras chinescas que nos movíamos a su alrededor. Para ellos, estaban solos en la escena. Nadie más importaba. Para el resto, el ajetreo de la vida que continúa hacía que esa pareja tampoco existiera más que como simples viajeros de un autobús en una tarde de primavera.

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No valoramos los instantes, dejamos que pasen porque ilusos de nosotros creemos que son eternos y que tenemos muchos más. Sólo el que está en el final de su vida, el que sufre por la posibilidad de perderla, sólo esa persona es verdaderamente consciente de su brevedad y de nuestro paso por ella. Hoy he aprendido que no puedo dejar escapar ni un instante más sin saborearlo y disfrutarlo como si fuera el último…

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About the author

Ana Mera

Nací en Barcelona, más concretamente en el barrio de la Barceloneta, pero por trabajo me he convertido en nómada. Estudié publicidad. Soy madre de 3 hijos, mi mejor experiencia vital. Me encanta escribir sobre lo que ocurre a mi alrededor. A mis cuarenta y muchos me considero una persona vital y sociable, con muchas ganas de que la vida me permita envejecer junto a los que quiero!!